ASOCIACIÓN CULTURAL "ESTUDIO Y DIVULGACIÓN DEL PATRIMONIO LINGÜÍSTICO EXTREMEÑO" (APLEx)

APARTADO DE CORREOS 930 - 10080 CÁCERES (ESPAÑA)

Número de Registro 3179.  CIF nº  G10309607

 

AGENDA DE APLEX

 

Recuerdos de Alonso Zamora Vicente por ... en la Web de APLEX

 

HOMENAJE A ALONSO ZAMORA VICENTE: IN MEMORIAM

 

Socio de honor de APLEX

 

Juan Manuel González Martel: «Un año después, en memoria de Alonso Zamora Vicente»

[Acta literaria del acto]

 

Antonio Viudas Camarasa: A manera de epílogo 

 

14 MARZO 2007 20 horas

Casa de Galicia en Madrid C/ Casado del Alisal , 8

 

APLEX SE ADHIERE AL

 

HOMENAJE A ALONSO ZAMORA VICENTE: IN MEMORIAM

 

Socio de honor de APLEX

 

Organizado por la CASA DE GALICIA EN MADRID en colaboración con la Cátedra de Filología Románica de la Facultad de Filología de la Universidad Complutense de Madrid en la Sede de la Casa de Galicia en Madrid

 

INTERVIENEN

 

Invitación recibida de El Presidente de la Xunta de Galicia

y en su nombre el Director de la Casa de Galicia en Madrid

Alonso Zamora Vicente con Esteve, Fajardo, Merche, Viudas y Rovira.

Alicante, 13 de marzo de 2002.

Colaboración para la Web de APLEX

de

PABLO JAURALDE*

 

NO SÉ por dónde empezar a referir lo que he conocido de la dedicación profesional y académica de Alonso Zamora Vicente, y tampoco me siento capaz de separar circunstancias humanas de cargos, ocupaciones, tareas, trabajos. Cualquiera que lo haya tratado sabrá por qué; recordará cómo anteponía la pregunta sobre la novia, los hijos o la casa al resultado de las investigaciones; o cómo discurría sobre las adelfas con tanta naturalidad a como lo hacía sobre las rehilantes rioplatenses. Nunca le escuché hacer teoría de todo ello, pero siempre sentí que, escuchándole y leyéndole, la literatura, la filología no era asunto de probetas y de libros, sino un costado más –hermoso, inquietante, riquísimo— de nuestra vida. Y que ese discurrir, siempre a favor de la existencia, procedía de una veta profunda de su manera de ser y de pensar.

 

Ocurría lo mismo con sus evocaciones académicas, literarias, filológicas: las figuras aparecían teñidas siempre por su color humano y cordial; retrataba a Borges, Cortázar, Juan Ramón Jiménez….; y también a Américo Castro, Claudio Sánchez Albornoz, Navarro Tomás… aireando siempre una nota humana entre la admiración y el recuerdo. Eran pinceladas traídas de una historia larga y, probablemente, dolorosa que arranca, como en tantos casos de su generación, de los años de la preguerra, cuando el madrileño de barrio –siempre presumió de ser chaval de La Latina--, matriculado en la complutense, alumno aventajado en el Centro de Estudios Históricos, vio desaparecer todo lo que había sido su mundo juvenil por la destrucción de la guerra. La recuperación fue lenta –en Mérida como catedrático de instituto, en Santiago y Salamanca como profesor de universidad--, para terminar saliendo de España en busca de aire y de algún lugar en donde la mediocridad y la envidia, --ancestrales, permanentes, esterilizadores en la universidad española-- no le acosaran. Sustituyó a Amado Alonso –otro exiliado, de paso más vivo—en la dirección del Instituto de Filología de Buenos Aires, en donde desarrolló una extraordinaria labor. Y desde allí: Estocolmo, Roma, Florencia, Turín, Estrasburgo, Heidelberg, Maguncia, Colonia, París, Copenhague,Hamburgo, Munich, Bonn, Amberes, Amsterdam, La Haya, Utrecht, Rótterdam, Nimega, México, Puerto Rico, Dartmouth y Middlebury en los Estados Unidos, etc. Lector de literatura española, dialectólogo, filólogo en suma, que ha ido sembrando por todos esos lugares discípulos y amigos.

 

 Me encontré con él a su vuelta a España, a finales de los años sesenta, como profesor en la complutense: venía ilusionado, pero escéptico, cargado de ironía; no terminaba por entregarse en sus clases, como si no creyera en ellas; preguntaba con desconfianza, pero sin malicia, sobre nuestros estudios, actividades, compromisos…; y siempre terminaba por recaer en las preguntas más cordiales, que, decía, eran las más importantes (¿”tienes novia?”). Fuera cual fuera el tema de conversación, lo remataba con un “Bueeeeno” de e arrastrada, comprensiva y algo enigmática. Ocupó la vieja y prestigiosa cátedra de Filología Románica –la que acababa de dejar Dámaso Alonso—y, de mano de Rafael Lapesa y otros colegas, fue llevado a la Real Academia, de la que pasó a ser  secretario muy pronto. Su actividad durante esos años fue intensa, importante, aunque siempre guardó cierta desconfianza hacia el mundo universitario, al que había entregado tanto esfuerzo, tanto tiempo, probablemente sin ningún tipo de compensación. Desconfiaba enormemente, quizá por la misma razón de no dar por bueno lo que se proclamaba oficial y comercialmente, en la etiqueta; miraba con reconcentrada ironía ceremonias, actos públicos y titulaciones “rimbombantes”, adjetivo que usaba frecuentemente como una de las mayores descalificaciones. Me asombraban sus silencios más que sus palabras o sus actuaciones públicas, que fueron poco a poco a menos. Si la conversación discurría sobre la nueva novela latinoamericana (yo sabía que había sido profesor de Vargas Llosa, con el que se carteaba; o que conservaba poemas de Julio Cortázar, probablemente inéditos;…), él nos dejaba hablar, sonreía, miraba. Y se callaba.

 

 Durante los últimos veinticinco años dirigió una de las colecciones literarias más prestigiosas del mundo hispánico, Clásicos Castalia; acudía al despachito que la editorial tiene en Madrid, calle Zurbano, en donde se encontraba con Amparo Soler, otra figura inolvidable de nuestro pasado cultural; se hablaba de los clásicos, de la lectura, de los textos. Ambos descubrían en conversaciones informales el cañamazo de nuestra historia reciente, con don Antonio Rodríguez Moñino al fondo, recordado con veneración por doña Amparo, mientras don Alonso recitaba fragmentos de los textos que se examinaban, en un ambiente de gozosa complicidad; la misma que descubrí, en una de las últimas reuniones, hace muy pocos años, cuando Amparo Soler y don Alonso se despidieron –debía de ser antes del verano, adivinaban que la despedida podía ser la de verdad—paladeando el nombre, el silencio y la mirada.

 

Solemos llamar “humanistas” a quienes huyen de encerrarse en un rincón del conocimiento y prefieren abrir vida y obra a todas las incitaciones que desarrollen su capacidad humana. Fue don Alonso un humanista; en sus años finales, un humanista cansado, escéptico y tranquilo, que se acodaba toda una tarde para leer en su jardín y se emocionaba cantando las viejas canciones que aprendió no se sabe si en los pueblos o en los libros. Y que repetía, probablemente, para que prendieran en otras memorias y pudieran evocar retazos innombrables de nuestra existencia.

  

*Pablo Jauralde Pou es Catedrático de Literatura Española en la Universidad Autónoma de Madrid

 

 

 

Intervienen

Última actualización: 24/03/2007

index