ASOCIACIÓN CULTURAL "ESTUDIO Y DIVULGACIÓN DEL PATRIMONIO LINGÜÍSTICO EXTREMEÑO" (APLEx)

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Número de Registro 3179.  CIF nº  G10309607

 

NECROLÓGICA

ALONSO ZAMORA VICENTE

SOCIO DE HONOR DE APLEX HA FALLECIDO

Marzo 2006 14

Misa por el alma de Alonso Zamora Vicente

JUAN MANUEL GONZÁLEZ MARTEL

Director de la Casa Museo Lope de Vega. Madrid

 

Misa por el alma de Alonso Zamora Vicente

A las ocho de la tarde del martes 21 de marzo de 2006 se celebraron las exequias por el alma del escritor Alonso Zamora Vicente. La misa de réquiem tuvo lugar en Los Jerónimos de Madrid, parroquia de la que fue feligrés durante algunos años.

Fue oficiada por el reverendo don José María Martín Patino, jesuita. El padre Patino, en su homilía, recordó con emocionadas palabras al admirado amigo, destacando el fraternal y liberal talante de su personalidad y la calidad humana del trato de quien había sido profesor suyo. Su amistad, desde los tiempos universitarios de Salamanca, se había reforzado en años en que Martín Patino colaboró, en la década de 1970, con Zamora Vicente y el cardenal Vicente Enrique y Tarancón en la Comisión de Textos Litúrgicos de la Real Academia Española, en unas sesiones en las que llevó a cabo la revisión y actualización del castellano de los principales textos de la liturgia católica.

Presidieron el duelo los hijos Alonso y Juan Zamora Canellada, acompañados por los miembros de sus familias –principalmente madrileña, asturiana y vasca-, a quienes, terminada la santa misa y tras la oración fúnebre final, los numerosos asistentes manifestaron el pésame.

Entre los asistentes, muchos viejos amigos y compañeros, y discípulos y colegas de sus últimas promociones de estudiantes y de las distintas actividades desarrolladas en la última década. Entre las personalidades, las más reconocibles, las del mundo académico. La vecindad de la iglesia con el edificio de la Real Academia facilitó que esta misa de réquiem, encargo de la familia, se convirtiese asimismo, por la gran asistencia de miembros y colaboradores de la Corporación, en corporativo recuerdo académico. Junto a miembros de las Reales Academias, colaboradores de los Diccionarios de la Española y profesores de las universidades Complutense, Carlos III, Autónoma o Antonio Nebrija de Madrid, de las de Salamanca, Extremadura o Alicante; representantes de la Junta de Extremadura, del Instituto Cervantes, de Relaciones Culturales del Ministerio de Exteriores, de la Fundación Antonio Nebrija o del mundo editorial y de los medios de comunicación.

Alonso Zamora Vicente, fallecido el 14 de marzo de 2006, era miembro de número de la Española desde 1966, institución de la que había sido académico correspondiente en Salamanca desde 1958. La Academia, como es preceptivo, en su sesión del jueves anterior había acordado suspender su actividad en señal de duelo y enviar la condolencia a su familia, al tiempo que encargaba la necrología oficial a uno de sus miembros de número. Y próximamente, en torno a la fecha de abril de la muerte de Miguel de Cervantes, se volverá a recordar a Zamora Vicente en las exequias que anualmente encarga la Real Academia Española en la Iglesia del convento de Religiosas Trinitarias, donde yacen los restos del glorioso escritor. Es funeral que se celebra todos los años en memoria de Cervantes y de todos cuantos cultivaron las letras españolas, y en recuerdo especial por los fallecidos el año académico en curso.

 

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Algunos de los amigos asistentes a las honras fúnebres en memoria de Alonso Zamora Vicente

Recuerdo a don Alonso Zamora, a mediados de los años de 1970, volcado en la revisión de documentos y fotografías, atento a un concreto documento, del Archivo familiar de Alejandro Sawa. Era papel que enumeraba algunos de los asistentes al sepelio de este escritor bohemio, y en cuyo dorso se había copiado una fría disculpa de Benavente a una petición de socorro del escritor.

Las personas que allí figuran reseñadas eran en realidad pocas en comparación con las muchas que efectivamente asistieron al velatorio y entierro de Sawa en marzo de 1909, recreados literariamente en las escenas finales de Luces de bohemia. Pero lo que para mí era simple y corto listado de nombres, para don Alonso era palpitante retahíla de amigos cuya sola mención le abría nuevas puertas a su sistemático asedio crítico tanto a la biografía del escritor, a gente de sus gozosos días parisinos o del trágico final en su residencia madrileña, como a la obra teatral de Valle Inclán. De tal lejana circunstancia me acordé la mañana del día 14 de marzo de este 2006, en la que rápidamente corrió la noticia de la muerte de Zamora Vicente.

En ese mediodía, tarde, noche y mañana siguiente del velatorio, del día 14 al 15, muchos fueron los amigos que se unieron al dolor familiar en el tanatorio y que, luego, estuvieron en el enterramiento, o, una semana después, el martes 21, asistieron a la misa de réquiem. De tantos amigos y conocidos del finado, saludados personalmente o entrevistos, algunos me han quedado en el recuerdo. Otros me han sido apuntados por compañeros. Y aunque estamos en época en que la documentación parece tener vías, formas y condiciones de seguridad suficientes, se me ocurre que no está de más dejar constancia de sus presencias, como testimonio de ese cruce y reencuentro de amistades que la despedida del viejo maestro nos procuró.

Aparte de los que puedan constar en los pliegos de pésame que figuraba en sala 18 del tanatorio de la sacramental de San Isidro, y de los testimonios de pésame recibidos de distintas partes del mundo, tanto por la familia como por la Fundación-Biblioteca, por la Asociación Patrimonio Lingüístico Extremeño o en la misma Real Academia Española, en los que se da fe de su humanidad, su prestigio y su labor intelectual, añado algunos nombres de las personas que vi, pensando especialmente en la amplia documentación que todos ellos convocan, que sin duda será muy útil y esclarecedora para los futuros estudios sobre el escritor y filólogo Alonso Zamora Vicente.

De la Real Academia Española, pudimos ver a Antonio Colino, Manuel Seco Reymundo, Valentín García Yebra, Gregorio Salvador Caja o José Luis Pinillos, de la etapa en que Zamora era Secretario perpetuo. Y posteriores a 1990, a Víctor García de la Concha, Eduardo García de Enterría, Eliseo Álvarez-Arenas, Ignacio Bosque Muñoz, Guillermo Rojo, José Antonio Pascual, Carmen Iglesias, Claudio Guillén, Luis Ángel Rojo, Margarita Salas, José Manuel Sánchez Ron, Carlos Castilla del Pino o José Manuel Blecua, así como a algunos de los académicos correspondientes que tuvieron más trato con el finado, como Francisco Estrada, catedrático emérito de la Universidad Complutense de Madrid. Y las otras corporaciones hispánicas de la lengua española estuvieron representadas por el Director de la Academia Filipina, el Sr. D. José Rodríguez.

De las promociones de estudiantes en la Universidad de Salamanca que tuvieron a Zamora Vicente como profesor, la presencia de Berta Pallares, durante tantos años en la Universidad de Copenhague, o el profesor Juan Mayor Sánchez, catedrático de la Facultad de Psicología de la Complutense, actual Emérito, representaban a todos los estudiantes y jóvenes profesores de ese tiempo universitario, evocados en estos días en "En memoria del profesor Alonso Zamora Vicente", en la primavera de 1953, por la profesora Ángela Abós Ballarín1.

Del grupo de los que en alguna etapa fueron colaboradores del Diccionario histórico: María Rosa Moralejo, Pilar Moris Ruiz, Olimpia de Andrés Puente o Enrique Recondo. O desde los años de 1980 en los trabajos del Diccionario usual, los lexicógrafos Elena Cianca, Emilio Gavilanes (novelista), Teresa Palacios, Consuelo Tovar, Silvia Fernández Alonso... Y del actual Instituto de Lexicografía de la Real Academia Española, Rafael Rodríguez Marín, su subdirector. Y entre estos filólogos, José María Aránguez Otero, segoviano, de los últimos alumnos que recibieron conjuntamente en la Complutense las enseñanzas de Rafael Lapesa y de Zamora Vicente, y que en la Real Academia, a más de su labor de lexicógrafo, colaboró muchos años con la Asociación de las Academias de la lengua Española. Su nombre me evoca la amistad de Zamora Vicente con José Antonio León Rey, escritor colombiano de larga residencia en Madrid, a quien Aránguez ayudó en su compleja tarea. Y Guadalupe Galán Izquierdo, de origen extremeño, colaboradora del matrimonio Zamora Canellada en el Diccionario manual e ilustrado. También de la Corporación, Elvira Fernández del Pozo y Merino, historiadora, del Archivo Histórico Nacional, y del Archivo académico, colaboradora en muchas investigaciones. Igualmente relaciono con algunos trabajos de Zamora con la participación de Pedro Canellada, el familiar con quien más fraternal trato he mantenido.

Del Departamento de Filología Románica, de su última etapa en la Complutense, la presencia de Eugenia Popeanga, testimonio de la decidida defensa de Alonso Zamora en favor de la lengua rumana, con la decidida ayuda del profesor Fermín J. Tamayo Pozueta, de quien acabamos de leer el original de la novela Balcaniana; María José Postigo, profesora de lengua y literatura portuguesa, que acompañada de su hijo mayor, Pedro Peira, nos traía además la presencia de uno de sus mejores discípulos de la última etapa de la vida universitaria: Pedro Peira Soberón, catedrático; Carmen Mejía Ruiz, directora de Madrygal. Revista de Estudios Gallegos, que guarda abundante memoria, escrita y gráfica, de muchas circunstancias biográficas del maestro; Juan Ribera o Juan José Ortega Román, que remiten a la vinculación e intereses de Zamora por el área lingüística y cultural catalana, balear y valenciana; María Victoria Navas y Denis M. Canellas de Castro Duarte, de Coimbra, discípulos relacionados con Portugal.

Muchos había igualmente de la Facultad de Filología de la Complutense, como su gran amigo Manuel Gil Esteve, el catedrático de lengua y literatura italiana; Jesús Sánchez Lobato, su crítico literario más confidente y sistemático; Vidal Alba de Diego, Jesús y Francisco Bustos, Pilar Saquero, José Luis Girón; Santos Sanz Villanueva, de sabia mirada crítica sobre el cuento zamoriano; Dolores Castro Jiménez; o Concha Martínez, bibliotecaria, discípula, vecina del viejo barrio de Puerta de Moros, cuyos padres, de origen conquense, eran queridísimos amigos de Zamora desde años de estudios universitarios.

Estaban presentes algunos de sus últimos estudiantes, actualmente profesores de institutos de enseñanza secundaria. Podría representarlos, por la simpatía que Zamora le manifestó, Juan José Fernández, de la Complutense, que enseñó en Polonia y Lisboa, y que es docente en un instituto toledano.

De otras Universidades o centros de enseñanza de Madrid. De la Universidad Autónoma, el catedrático Pablo Jauralde, compartida pasión por la escritura de Quevedo, y tantos vinos por el Madrid de los Austrias; de la Universidad Rey Juan Carlos, los lingüistas Ramón Sarmiento y Luis Alberto Hernando Cuadrado; de la Carlos III y del Instituto Cervantes, Jorge Urrutia, también del Área Académica del Instituto Cervantes, profesor y poeta, una profunda amistad de discípulo también heredada de la que don Alonso mantuvo con el poeta Leopoldo de Luis, su padre; y José María Martín Valenzuela, del Área de Diplomas y Gestión de Exteriores del mismo Instituto, colaborador en su tiempo académico en el Diccionario manual; Consuelo Triviño Anzola, novelista, del Centro Virtual Cervantes, con quien Zamora tanto habló de narrativa colombiana, e hispanoamericana en general.

Amistades extremeñas, como los que representaban a la Facultad de Filosofía y Letras de Cáceres con su decano José Luis Merino Jerez y la Junta de Extremadura, tomaron la ruta de Madrid para llegar pronto a respetar la memoria del maestro. La presencia de María Antonia Fajardo Caldera, acompañada de su esposo. Directora de la Fundación Biblioteca Alonso Zamora Vicente, María Antonia es una de las personas que ha mantenido desde 1990 más cordial contacto con el académico, por su labor en favor de la organización y fichado de la Biblioteca y la catalogación del Archivo relacionado con Zamora Vicente y Canellada Llavona. O Antonio Viudas Camarasa, de los mejores críticos literarios de la obra filológica y de creación del maestro, que tanto lo apreciaba. Su amistad la envuelve igualmente muchos paseos extremeños: nos recordaba especialmente uno, a la Abadía, con sus arcos mudéjares, por los jardines y huertas del Duque de Alba que anduvo e inspiraron a Lope de Vega, y, luego, por el dedalillo de callejas y zaguanes de Hervás, la sefardita.

Otras presencia estaban vinculadas a Zamora Vicente por la Escuela de Verano vinculada al Ministerio de Asuntos Exteriores. La de Fernando Peral Calvo, el excelente amigo, otra de las claves de la vinculación de Zamora con tantos centros de enseñanza universitaria en Europa, África del Norte o Hispanoamérica, a través de la Dirección General de Relaciones Culturales del Ministerio de Asuntos Exteriores. Y Pilar López Quintela, de origen gallego, o Silvia Riestra Gascón, también de esa sección de Culturales, colaboradoras de Zamora en los Cursos de verano de lengua y Literatura españolas para los profesores becarios extranjeros a través de Asuntos Exteriores, que se celebraban con sede en la Escuela Diplomática de Madrid. Con Pilar siempre contó el profesor por su capacidad organizadora de una de las actividades que consideró imprescindibles. Quintela se compenetró con la forma de pasear y la sugestiva manera de ver de Zamora las históricas ciudades castellanas: Toledo, Segovia, Ávila, Salamanca, Guadalajara, Sigüenza... Y profesores como la filóloga Raquel Pinillas Gómez; la catedrática Blanca Aguirre, interesada por la traducción de los lenguajes técnicos, o el profesor Manuel Gil Rovira, de la Universidad de Salamanca.

El entorno de la Universidad y de la Fundación Antonio Nebrija, que llenó la fructífera etapa de jubilado de Alonso Zamora Vicente. El homenaje que le ofreció esta Universidad en 1999 fue uno de los que más agradeció y disfrutó el respetado profesor. Como miembro y director que fue de esa Fundación, sus componentes se convirtieron en sus confidenciales amigos. Entre ellos, aunque su trato venía de antes, el ex presidente del Gobierno Leopoldo Calvo Sotelo; Manuel Villa Cellino, ex rector de la Universidad Nebrija, Belén Moreno de los Ríos, especialista en la enseñanza del español como lengua extranjera, o Javier Ramos, notario, vinculado a dicha Fundación.

De las variadas personalidades, coincidí con la llegada de Sabino Fernández Campo, asturiano de pro, que fue Jefe de la Casa Real, y la escritora María Fernández Álvarez; con Ian D. L. Michael, catedrático emérito del Rey Alfonso XIII de la Universidad de Oxford, lazo de los viajes ingleses de Zamora y amistad igualmente en las ediciones de Castalia; Jaime Moll Roquetas, de Archivos y Bibliotecas, responsable de la biblioteca de la Real Academia durante muchos años, catedrático de Bibliografía de la Universidad Complutense.

Del mundo de la edición, estaban los amigos de Castalia, con la que mantenía estrecha relación desde la época de la edición en Valencia de su libro de relatos Smith y Ramírez (1957) y en los años de dirección de la colección Clásicos, y los muchos de Espasa-Calpe, y en particular su amigo Silverio Aguirre Campano, editor fuertemente vinculado a la Academia desde los tiempos de su padre. Vecino de Zamora en El Escorial. Una viva pena aún en su rostro, en sus versos, por la muerte de su mujer. En su imprenta, nos recordaba don Alonso, se editaron muchos libros relacionados con los componentes de la generación literaria del 1927, tanto de literatura española como de los estudios grecolatinos.

Miguel Ángel Tallante Pancorbo nos recordaba las preferencias musicales, populares o cultas, de Zamora. Como Emma Ojea, arquitecto y músico, de dilatado trato con el maestro por la amistad con la familia y del tiempo en que fue responsable de las reformas del edificio académico y de la restauración de la Casa Museo de Lope de Vega a comienzos de la década de 1990. O Luis Martín, del Nuevo Mester, de largas charlas con don Alonso sobre música popular, sobre todo de entusiasmo por la de tierras preferentemente astur leonesas y castellanas. Todos, a la vez, habituales de su cita en la Semana Religiosa de Cuenca.

Entre todas, dos personas me hicieron considerar nuevamente la particular índole de abierta humanidad y la cultura como forma de vida, de convivencia, de don Alonso. Sentimiento fraternal, primero, la presencia de doña Carmen Calleja de Sawa, la última descendiente de las familia Sawa-Poirier, testigo de la fuerte y cordial vinculación de Zamora Vicente con los dos nietos, madrileños, de Alejandro Sawa; sobre todo, con Fernando López-Sawa, conservador del legado documental familiar. Los ratos en que tanto charlaron, en los domicilios del barrio de Chamberí como en la localidad de Sigüenza, del abuelo Alejandro, de la abuela Jeanne Poirier, "Mamaella", o de sus padres, Elena Sawa, y Fernando López Martín, el poeta y dramaturgo.

Y emoción profunda causó a un grupo de amigos que alguna vez fuimos a la provincia de Jaén o hicimos un alto en las renacentistas Úbeda y Baeza al cruzar sus tierras con Zamora Vicente en busca de las piezas vidriadas del gallito del alfar ubetense, la tempranísima presencia de don Juan Pablo Tito, el gran alfarero... Intentaba reconocer entre los asistentes del tanatorio de la sacramental de San Isidro a alguna de aquellas caras de familiares o amigos que habían acompañado al maestro. Perdone que me dirija a usted [al profesor Juan Ribera, de la Universidad Complutense]. Creo recordarle. Soy Tito, de Úbeda. Tendría usted la bondad de indicarme quiénes son los familiares.... Esta mañana mi hijo me dijo: -¡Padre, mira quién ha fallecido..., don Alonso!.... Le contesté únicamente: -Ahora mismo salimos para Madrid. Quiero despedirme de don Alonso. ¡Qué viva es su presencia entre mis cacharros; cuántos ánimos y afecto manifestó siempre por mi trabajo! Después de la oración ante el amigo y el pésame a los familiares, Tito y su hijo partieron nuevamente y, como otros en el recuerdo, se llevaron para Úbeda a don Alonso. ¡El maestro nunca decía que no a un nuevo recorrido por los caminos de España!


[1] El País, 23.03.2006.

En la tradicional misa en memoria de Cervantes en las Religiosas Trinitarias de Madrid se recordará a Zamora Vicente

 

Hoy, 20 de abril de 2006, mes de recuerdo de la muerte de Miguel de Cervantes Saavedra, se volverá a recordar a Alonso Zamora Vicente en las solemnes exequias que anualmente encarga la Real Academia Española en la iglesia del convento de las Religiosas Trinitarias –en la calle de Lope de Vega, número 18-, donde yacen los restos del glorioso escritor universal. Es funeral que todos los años se celebra en memoria de Cervantes y cuantos cultivaron las letras españolas, y en recuerdo de los señores miembros de la Española  fallecidos en el curso del año académico.”

 

Última actualización: 27/02/2007

 

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