ASOCIACIÓN CULTURAL "ESTUDIO Y DIVULGACIÓN DEL PATRIMONIO LINGÜÍSTICO EXTREMEÑO" (APLEx)

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NECROLÓGICA

 

ALONSO ZAMORA VICENTE

SOCIO DE HONOR DE APLEX HA FALLECIDO

Marzo 2006 14

 

Muere Zamora Vicente, maestro de filólogos

Jorge Urrutia

LA RAZÓN, 15 DE MARZO DE 2006



 

Es más importante la decencia que la docencia. Eso me dijo Alonso Zamora mientras vigilábamos un examen durante una calurosa tarde de septiembre. De una persona decente puede sacarse un buen profesor. De una mala persona, por mucho que sepa, no se obtiene nada.
   El sentido de la decencia, de clara raíz institucionista, es la mayor aportación que el sabio profesor nos hacía a aquellos jóvenes estudiantes que acudíamos intermitentemente a la clase y a la manifestación antifranquista. Corría el año sesenta y siete. Don Alonso llegó, tras tantos años fuera de la universidad española, como un vendaval de sentido común, para explicarnos, en principio, dialectología. Se desgranaban en su clase los ejemplos, pero no como frías formas que transcribieran sonidos que nunca se sabe si realmente vivieron, sino como pedazos de vida, fragmentos de existencia, átomos de dolor o de felicidad. Y entre medias botaban las pelotas de frontón (¿sabéis cómo se hace una pelota?), los cacharros de cerámica (¿habéis ido al alfar de Pedro de la Cal?), los bordados de Navalmoral (¿cómo se cruzan los bolillos?).
   El dialecto acompaña la vida diaria, el amor y el dolor, las esperanzas y los desánimos, como la poesía que, al fin y al cabo, no es sino lengua, frases para decir en voz baja (para Zamora, la poesía siempre era, como en la rima de Bécquer, para recitar o cantar casi al oído). «En medio del invierno está templada / el agua dulce de esta clara fuente / y en el verano más que nieve helada». La lengua se acomoda a nosotros, se hace a nuestra forma, se acurruca en los huecos del cuerpo. Como el agua de la fuente de Garcilaso que se templa en invierno y refresca en verano.
   Al cabo de los años, cuando el cronista entra en el aula, se enfrenta a las miradas y a los rostros jóvenes, se piensa a sí mismo como Alonso Zamora. Se reconoce en sus gestos, en su tono, en su modo de estar. Busca la cercanía que se encuentra más allá de la edad y de las costumbres y persigue esa punta invisible de sensibilidad que existe sin duda en los estudiantes. Es la vía de entrada a la comprensión del lenguaje y de los textos. Un camino que sólo se emprende a lomos de una cabalgadura: la sensibilidad. Con Don Alonso aprendimos a descubrirla en nosotros y en los alumnos que, desde un mundo de usos prosaicos, pueden despertar hacia el universo de la palabra.
   Luego da casi igual de qué se habla. ¡Qué lejos Don Alonso de esos profesores encerrados en un programa punteado de temas! Como aquel profesor, que en los mismos años, nos dijo en un examen que escribiésemos sobre «Otros autores». ¿Otros con respecto a quiénes? Ganas dieron de hablar de los escritores marginados o malditos. Zamora, por su parte, se sabía, en una universidad funcionaria, situado en los márgenes. Como esos poemas de Jorge Guillén, al margen de… La filología románica se explica en seis meses, dijo un día. Es una ciencia cerrada. No mareemos la perdiz. Lo importante es la lengua. Como en los versos de Garcilaso (¡siempre Garcilaso y Petrarca!). «De aquella vista pura y excelente / salen espíritus vivos y encendidos». Así tenemos nosotros que mirar los textos, con una mirada pura, no mancillada pero, a la vez, conocedora. Da igual, luego, el autor sobre el que volquemos los ojos: Cela, Lope, Valle-Inclán, los cantares populares. Y el profesor, tan serio, desde su jersey de cuello de cisne, entonaba una cancioncilla aprendida por cualquier camino, en cualquier valle.
   El hablar madrileño. Con Alonso Zamora Vicente, recién cumplidos unos humanísimos noventa años, se va un filólogo de primera línea, discípulo de Ramón Menéndez Pidal, de quien hablaba siempre con veneración; lector incansable de Américo Castro; amigo de maestros (Dámaso Alonso, Lapesa) y de discípulos (Alvar, Mario Vargas Llosa); crítico literario admirable en sus ensayos sobre Valle-Inclán, Lope, Tirso de Molina; entusiasta de Galdós y Baroja; clasificador de nuestra historia literaria en sus páginas sobre el petrarquismo. Se va un madrileño excepcional que descubrió el habla de esta ciudad que para él casi no crecía (¡Qué gran estudio su mirada sobre el hablar madrileño!) conocedor profundo de su historia… Perdemos a un escritor capaz de aunar la tradición madrileñista más castiza con el torrente de conciencia joyciano.
   Pero nos deja, sobre todo, un hombre íntegro, liberal y demócrata. De convicciones y de tolerancia. Que supo hablar siempre desde el mejor criterio, con el mayor respeto hacia los demás, pero asentado en la firmeza de sus ideas que sólo limaba la ironía y la buena educación.
   No sé si España es hoy consciente de que ha perdido a uno de sus hijos más preclaros. Porque Alonso Zamora Vicente enseñó siempre, en el aula y fuera de ella, que el país se hace sólo desde la decencia, desde la seguridad de que puede dormirse en paz cada noche. Así ha muerto, en la paz y el sosiego de su propia madrugada.

   

http://www.larazon.es/noticias/noti_cul17453.htm

 

 

 

 

 

Última actualización: 27/02/2007

 

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