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NECROLÓGICA

ALONSO ZAMORA VICENTE

SOCIO DE HONOR DE APLEX HA FALLECIDO

Marzo 2006 14

 

Zamora Vicente: «Mejor el Rey que algunos presidentes de la República»

Fernando CANELLADA
 

La Nueva España, 19 de marzo de 2006

 

Zamora Vicente: «Mejor el Rey que algunos presidentes de la República»

Foto


Zamora Vicente, sentado. Tras él, Fernando Canellada (izquierda) y Villa Cellino.
 
 

LA NUEVA ESPAÑA publica una charla de verano en Asturias, tierra de su esposa, con el filólogo fallecido el martes

El pasado martes falleció en Madrid, a los 90 años, el filólogo Alonso Zamora Vicente, uno de los grandes de las letras españolas. Casado con la asturiana María Josefa Canellada, con quien compartió vida y trabajo, estuvo muy vinculado a esta tierra. El siguiente texto recoge algunas de sus reflexiones y peripecias vitales.

Gijón,
Fernando CANELLADA

«Estaba Rafael Lapesa hablando en la Academia y se acerca hacia mi Dámaso Alonso y me pregunta: "¿Quién es el que interviene?". Entonces fue cuando me di cuenta de que ya no estaba bien». Alonso Zamora Vicente recuerda esta dramática anécdota de la Real Academia Española en el jardín de la finca de Manuel Villa Cellino, magnífica casa solariega de Lozana, en Piloña. Es el 5 de agosto de 2001. Fiesta de Nuestra Señora de Las Nieves. Zamora, huésped de honor del refugio veraniego del entonces rector de la Universidad Antonio de Nebrija, acaba de regresar de Valdediós, donde disfrutó de las magníficas y milenarias piedras del Conventín. Habla con tranquilidad, salta de historia a literatura, de la vida a la lengua, coloca su mano en la oreja para escuchar, y bromea con un inmediato sentido del humor. Aquella anécdota de la Academia hizo que el que fuera secretario perpetuo de la docta casa hasta 1989 impulsara, con sus compañeros académicos, una reforma para fijar un límite de edad para la jubilación de los miembros de la RAE.

Alonso tiene 86 años. Está encorvado. Sus piernas flojean, pero demuestra una memoria envidiable, gran sentido del humor y unas juveniles facultades intelectuales. Sólo se golpea la cabeza en ocasiones, cuando no recuerda el nombre de un protagonista de la historia. «Los nombres, los nombres...», se dice elevando a la frente una de sus manos. El invierno anterior fue propuesto por la Universidad Antonio de Nebrija para premio «Príncipe de Asturias» de las Letras, pero sin éxito. Doris Lessing se llevó el galardón. También acaba de formar parte del jurado del premio «Cervantes» de literatura que se concedió a Francisco Umbral, después de una de las mayores y más tormentosas sesiones. Su prudencia le impide explicar a un periodista pormenores de lo ocurrido. Despacha la curiosidad de quien pregunta sobre el jurado del «Cervantes»: «Hablamos mucho. Algunos se empeñan en hablar demasiado. Hasta se escuchan a sí mismos». Le duele que ya no haya discreción cuando se vota en un jurado y más aún, si cabe, cuando se vota en la RAE. Pone como ejemplo la publicación, por parte de Luis María Ansón, de los resultados personalizados de diferentes votaciones.

Está feliz Alonso en el jardín de Lozana. Recuerda sus veranos en Libardón con María Josefa Canellada, la discípula de Pedro Salinas que conoció en la Universidad en Madrid y con la que contrajo matrimonio en 1946.

Repasa su salida de España con la guerra civil («la nuestra») con un pasaporte en el que se leía «profesor». «Si hubiera aparecido catedrático me hubiera sido imposible salir de España. Se tenía que pedir permiso». Habla de la guerra del 14 (la Primera Mundial) como la que cambió el mundo con impresionantes revoluciones en transporte y en medicina. «Se empezó a operar de apendicitis. Fue magnífico, espectacular».

Hijo de un militar que luchó en la guerra de Filipinas, a Alonso Zamora Vicente le hubiera gustado ser médico, pero en aquella Universidad de principios de siglo se hizo filólogo. Una Universidad con profesores como Ramón Menéndez Pidal (para él sólo don Ramón), Américo Castro y Navarro Tomás.

Habla de Pedro Laín, al que veía como un señor «oscuro» por la Universidad madrileña. Y al que no cree, en su descargo de conciencia, que tuviera que viajar a Alemania para conocer las matanzas de judíos. Zamora tenía a una hija de Laín en su departamento.

Habla de Antonio Tovar, de quien dice que fue un rector político en Salamanca, pero cuando coincidieron en la Academia fue uno de sus mayores colaboradores y sus más eficaces apoyos.

Habla de las hijas de Marañón, que estudiaron letras. «Muy finas». Una se fue a Londres y otra se casó en Andalucía.

No se olvida de José Ortega. Una referencia obligada para aquel universitario madrileño que recuerda, como si se tratara de una imagen reciente, la primera lección magistral del filósofo con especial humor por sus gafas. Y lo hace con las suyas. «En torno a Galileo. Todo un espectáculo de don José. Era un artista. Cuando se quitaba las gafas parecía haber ido a un curso de arte dramático». No tiene duda de la colaboración de Ortega con el régimen del general Franco. Ni uno solo de los cargos ni de los sueldos le fue retirado, aunque no diese clase en Madrid. No fue recibido por Franco, pero era José Ortega». También recuerda a sus hijas. Y, cómo no, en el repaso al libro de Gregorio Morán no se olvida del lamentable comportamiento de Ortega con Julián Marías. «Creo que Marías todavía no se enteró de lo que recoge Morán en su libro. Marías nunca se entera de nada. Para él la Santísima Trinidad son cuatro personas: Padre, Hijo, Espíritu Santo y don José Ortega».

Los Reyes y la República fueron otro tema de la larga y familiar conversación en Lozana. Rememora Zamora Vicente un episodio, con Buero Vallejo, cuando aún don Juan Carlos y doña Sofía eran Príncipes. Buero elogió el socialismo alejado de la Monarquía y la Reina no se calló. «Ella le explicó lo que había sido Europa antes y después de la gran guerra y la influencia del socialismo. Buero hablaba desde la teoría y ella lo dejó sin argumento con gran profesionalidad. Es muy inteligente».
¿Veremos la tercera República? «Puede. Se pueden cometer errores y los Reyes equivocarse. Ahora, este Rey está muy bien. Si tenemos algunos presidentes de la República como los que hemos tenido, mejor seguir con Rey», sentencia dejando un largo silencio al final de la frase.

«No hay que recordar lo ocurrido». Según avanza la tarde se arrepiente de hablar de la guerra. Le desagrada. «Las falacias de los comunistas», dice. Y salta a la Barcelona de la guerra, crítico con las actuaciones comunistas. «Se han cometido tantas barbaridades. No sé, no sé. Mejor no recordarlo». Del actual interés por recuperar la historia de la guerra y de la República cree que se trata de salvar a algunos personajes olvidados de la República, pero nada más.

Una de sus peripecias en la guerra fue atravesar andando, durante tres días, los Pirineos y encontrarse con un frente de senegaleses que recibían en Francia a los españoles. Iban a un campo de concentración o los devolvían a España. Había que elegir. Llevaban piojos y les pasaban la prueba de la sarna. Zamora vendió un anillo de oro, con sus iniciales gótico germánicas, que le habían regalado sus hermanos cuando terminó el Bachiller. Hace un gesto y recorre con su mano derecha el meñique de la mano izquierda. Con las pesetas que le pagó el sargento senegalés, se compró un pasaje de barco y logró comer caliente.

 

 

http://www.lne.es/secciones/noticia.jsp?pIdNoticia=386289&pIdSeccion=46&pNumEjemplar=1217

Última actualización: 27/02/2007

 

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