ASOCIACIÓN CULTURAL "ESTUDIO Y DIVULGACIÓN DEL PATRIMONIO LINGÜÍSTICO EXTREMEÑO" (APLEx)

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NECROLÓGICA

ALONSO ZAMORA VICENTE

SOCIO DE HONOR DE APLEX HA FALLECIDO

Marzo 2006 14

 

Un trabajador infatigable

JOSÉ LUIS CAMPAL FERNÁNDEZ

La Nueva España, Oviedo, 22 de marzo de 2006
 

JOSÉ LUIS CAMPAL FERNÁNDEZ
A la vez que algunos representantes de la generación de la II República, como el narrador Francisco Ayala, rebasan la línea de los cien años con una pasmosa lozanía, esta primavera en ciernes acaba de pasarle factura a otra provecta personalidad de aquel granero de ideas que llenó la turbulenta España del primer tercio del siglo XX. Después de la desaparición, hace unos meses, del filósofo Julián Marías, el discípulo por antonomasia de Ortega, ahora le ha tocado el turno al dialectólogo Alonso Zamora Vicente (1916-2006).

Era el suyo un nombre que parecía de zaguero futbolístico, aunque en realidad el hombre que lo usufructuó tuvo muchas y complementarias ocupaciones, no precisamente deportivas, pero que lo convirtieron en un referente para los que entregan sus horas a limpiar de polvo y paja nuestra lengua y nuestra literatura, a esclarecerlas e interpretarlas para los demás.

El zurrón de Alonso Zamora Vicente (AZV) está lleno de objetivos cumplidos. AZV fue un docto enseñante universitario dentro y fuera de España, donde esparció con generosidad los amplios saberes que le transmitieron sus maestros, auténticos fenómenos como Menéndez Pidal o Navarro Tomás. AZV fue prosista de hondo y complejo calado, que no se conformó con repetir clichés ni deambular por caminos trillados, y así nos dejó cuentos de poderosa e hipnótica prosa como los que se recogen en «Smith y Ramírez, S.A.» (1957), un conjunto de historias fantásticas que fueron escritas, afirmaba el propio autor, «en un momento en que en España no se hacía ni remotamente tal tipo de literatura».

AZV fue académico de la RAE desde 1967 y secretario modélico de la misma, al decir de cuantos se beneficiaron de sus iniciativas y buen gobierno en los ambiciosos proyectos de la primera institución cultural del país. AZV fue un buceador incansable en el acervo popular de las maneras de expresarse de los hablantes, que dejó sobradamente galvanizadas en manuales como el clásico «Dialectología española» (1960) o en empeños no menores acerca de las particularidades idiomáticas de extremeños o asturianos (de 1943 es su ensayo «El habla de Mérida y sus cercanías», y de 1953 otro que nos afecta más directamente: «Léxico rural asturiano»).

AZV pasará a la historia del coloquialismo como un conversador que se retiraba a posta a un segundo plano, un charlista nada tendente a acaparar la atención del auditorio, que dejaba explayarse a los demás, aun a sabiendas de que lo que él, por bagaje personal y experiencia vital, podía aportar dejaría un tanto empequeñecidas las reflexiones juveniles de sus compañeros de mesa. AZV fue, en fin, un amante de los clásicos (de Tirso de Molina o Garcilaso a Lope de Vega y la novela picaresca) y un anticipador de las bondades que anidaban en las creaciones de los modernos, arrojando luz y sensatez sobre figuras como Valle-Inclán o Camilo José Cela, cuya pluma viajera queda muy por encima de las rencillas pueblerinas a que se le sometió en esta región, que no suele ver más allá de la corteza.
Tantas y tan diversas y provechosas resultaron las actividades que AZV desarrolló que no puede por menos que calificársele de trabajador infatigable, y así lo vino a reclamar la muerte: tras una jornada de intenso trabajo. Todo un piropo en estos tiempos que vivimos en los que, lamentablemente, triunfan haraganes y chambones.



 

 

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Última actualización: 27/02/2007

 

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