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NECROLÓGICA

ALONSO ZAMORA VICENTE

SOCIO DE HONOR DE APLEX HA FALLECIDO

Marzo 2006 14

 

El rastro de la nube
 

Heraldo de Aragón, 29 DE MARZO DE 2006




 

El rastro de una nube

Homenaje al doctor Alonso Zamora Vicente, un caballero de las letras

 

Por Ricardo Serna[1]

 

El 22 de marzo de 1990 recibí la primera de sus cartas. La escribía a máquina, cosa extraña en él que luego no haría en lo sucesivo. Alonso Zamora respondíame al envío de uno de mis primeros libros de relatos, recién salido entonces de la imprenta. De entonces acá he recibido sus misivas con la ilusión renovada de quien conoce noticias de un amigo, de un maestro, de un hombre bueno. Por tal lo tuve y así lo seguiré considerando en mi memoria de escritor y de ser humano.

Han pasado desde aquel lejano 1990 más de tres lustros. Las últimas cartas suyas que recibí tienen fecha del 9 de enero y del 7 de febrero de 2006, respectivamente. Y son, como todas las suyas, de una humanidad que trasciende y empapa los sentidos; letras muy dignas, serenas como sereno era él, llenas de buenos consejos y de mejores deseos, cartas que rezuman sencillez y sabiduría.

Solía escribirme en su papel timbrado de la Academia, con el escudo de la institución y su nombre debajo, lo mismo que en el anverso del sobre. Divisar el escudo de la Real Academia Española y saber que me escribía Zamora, mi amigo en la distancia, era todo uno. Y qué alegría me han dado siempre sus epístolas, qué ánimos para seguir en la brecha, para continuar escribiendo y superándome en este complejo y difícil universo de la creación literaria.

            El fallecimiento de don Alonso me ha llenado el intelecto de tristeza, porque a pesar de habernos tratado sobre todo de forma epistolar, sus cartas han dejado al descubierto frente a mí al hombre que hay, que había, tras el antiguo académico. A través de sus cartas he sentido al ser humano que latía con disciplina detrás del sabio, del erudito. Y ese conocimiento del hombre me ha llenado siempre de satisfacción personal. Además, por si la lectura de sus obras y el carteo con él ya no fueran suficiente privilegio –privilegio del que he sido consciente siempre-, encima sé que opinaba positivamente de mi literatura y de mi quehacer como escritor, cosa que nunca le agradecí bastante y de la que en todo momento me he sentido, y me siento, muy orgulloso.

            En su postrera carta, donde anotaba algunos comentarios generosos acerca de mi novela El laberinto de los goliardos, escribe al final: “Yo veo pasar las nubes desde mi butaca, con mi pierna dolorida. La vida, dice el texto bíblico, es apenas el rastro de una nube. Y espero –añade- ver ese rastro, agarrarme a él y...” Los puntos suspensivos son del académico, por supuesto. Parece un presagio, una premonición de su fallecimiento, de su adiós.

            Ha pasado por fin la nube que él intuía o esperaba, esa cuyo rastro nos ha privado del sabio y, lo que es aún peor si cabe, del hombre. Llevaré su recuerdo en el corazón. Por amigo, por ser humano llano y noble y porque encima fue un escritor delicado, especial, con un formidable dominio del lenguaje y una capacidad infinita de comunicación. Un ejemplo, en definitiva, para todos los que nos dedicamos a las letras.

Hasta siempre, don Alonso, amigo Alonso. Y muchas gracias por todo.


 

[1] Ricardo Serna es licenciado en Filosofía y Letras y escritor. www.ricardoserna.com 

 

 

 

Última actualización: 27/02/2007

 

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