ASOCIACIÓN CULTURAL "ESTUDIO Y DIVULGACIÓN DEL PATRIMONIO LINGÜÍSTICO EXTREMEÑO" (APLEx)

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Rosa Lencero

La paz del lobo

 

Inicio de la novela

 

"1

Anselmo aprendió la extraña geografía de la vida sin darse cuenta, sin apenas mirar el hule acartonado de la cocina donde se extendían las pálidas regiones cuarteadas. Los labios de su abuela murmuraban los nombres de los frentes como ríos subterráneos que ahora discurrían por aquí y un poco más tarde, a capricho, se mudasen por allá en un vaivén de locura.

Aquellos tiempos de infancia tenían regusto a granos de anís, cominos o bolitas de pimienta, ya que Jacinta Triguero Suárez nublaba su voluntad al compás de los acontecimientos y sus dedos trocaban los sabores que sin darse cuenta machacaba en el mortero; algún que otro día el gazpacho era dulce limonada y el tazón de leche o el café de puchero eran salobres, lo que llevaba a Fidel Brioso Linares a sentenciar que en casa se bebía a sorbos la amargura del mar interior de España. Todo se apresaba entre los vidrios del caleidoscopio de la vida para reflejarse en los espejos de uno mismo.

La abuela Jacinta dibujaba en los cobertores al hacer las camas. Los alisaba con las manos y pasaba su dedo índice con la determinación de un estratega por su pelusilla. La imaginaba usurpando el lugar de alguno de los mariscales de Napoleón como los había visto en la enciclopedia de la escuela en una pintura rodeando al francés, sobre un mapa donde se insinuaban las líneas inseguras de los territorios de Europa.

También Jacinta Triguero por lo negro de su pelo y ojos de carbón rasgados, podría haber sido lugarteniente de Aníbal abriendo con su dedo afilado una brecha sobre los Alpes. Anselmo, que se embobaba en las clases de historia de la escuela, sabía que el maestro le reprendería por su escaso amor patrio y por desoír su repiqueteo contra aquellas fuerzas disolventes enemigas que minaban el solar añejo de la patria, o sea, su abuela Jacinta tenía que ser el mismísimo caudillo Viriato. Y al verla absorta sobre el cobertor de su cama trazar las sinuosidades de la orografía española, alisar planicies, pinchar su uña en las capitales, zigzagueando ríos y remolinando con la yema los vados, escuchaba su bisbiseo de frases aisladas: por aquí las columnas, aquí esta línea divisoria, más allá la infantería, para acá la artillería... la última vez que su abuela dibujó aquellos planos secretos, sobre un lugar indeterminado clavó los cinco dedos y se dejó caer sollozando sobre la cama. Sus puños se hundían sobre el colchón y Anselmo oía sus gritos amortiguados por la lana. Años más tarde comprendió lo que gritaba: ¡Malditas cucarachas voladoras! ¡Malditas cucarachas italianas! El luto desde aquel día cubrió el cuerpo y corazón de Jacinta que abandonó definitivamente la frase de Albornoz que para ella abrió la puerta de la desdicha: La República vino con demasiada alegría y desde entonces acuñó su propio lema de la vida: No existe quien no recuerda".

© Rosa Lencero y de la luna libros. Rosa Lencero (2006): La paz del lobo, págs. 9-10.

 

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Última actualización: 28/01/2007